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Qué hermoso cuerpo tienes

Por: Leticia del Rocío Hernández

Hacía tiempo que no se detenía, sin prisas ni pretextos, frente a ese objeto que le devolvía, de un solo golpe de vista, los recuerdos más amargos de su niñez y adolescencia. Bastaban unos segundos para que, por arte de magia ­maligna, creía ella, escuchara con absoluta claridad todas las burlas, palabras obscenas y apelativos que día tras día la acompañaron camino a la escuela y de vuelta a su casa, en el gimnasio, la iglesia, en la calle y los andadores del tren subterráneo. Allá donde fuera, esas palabras la perseguían, la acechaban y acorralaban, esperando el menor descuido de su deteriorada autoestima, para apoderarse de ella y empujarla a asaltar la alacena, o el almacén más cercano. 

Si prestaba un poco más de atención, podía incluso sentir a flor de piel esa extraña y dolorosa sensación de rechazo, aquella que leía en las miradas de quien se topaba en su camino, y que iba a posarse directamente a su cara: ese era el momento justo en que sentía la vergüenza enrojecer su rostro. 

Todo esto pensaba mientras seguía ahí, deteniendo el tiempo y su mirada en aquella imagen que le devolvía el espejo. Se le antojaba correr las cortinas, hacer que la luz de la mañana inundara por completo no nada más la habitación sino también su cuerpo entero. Hoy quería verlo detenidamente… porque hoy se sentía finalmente con fuerza para hacerlo. 

Mientras se despojaba de su ropa, comenzó a recordar con amargura, el suplicio que para ella significó su primera comunión, y no por el sentido religioso. Ante los ojos de su memoria acudieron una a una las frases que en silencio escuchó el día en que, acompañada de su madre, fue a probarse el vestido. Ese día, como los 313 días anteriores, había desayunado medio vaso de leche descremada, un pan tostado y dos rebanadas de jamón de pavo. Por ser sábado, se vería obligada a tomar almuerzo, pues tres pares de ojos la vigilaban y no podría saltarse ni una comida, pero estaba segura que ese almuerzo no provocaría que sus carnes aumentaran: 313 días de sacrificio seguro la salvarían. Apenas entraron a aquella casa color verde pistache, comenzó la letanía. «Ay, pero ¡qué bárbara mija! ¡Mira nada más qué gordita estás!». En ese momento creyó escuchar con toda claridad un concierto de cristales rotos a lo lejos, aunque al cabo de unos segundos se dio cuenta que era tan solo la voz de su mamá, que trataba de disculparla. A ella, su hija, no a la costurera por su imprudencia, lo que provocó se diera rienda suelta aquella buena mujer: «Mija, debes cuidarte, estás muy chiquita para… ¿no tan chiquita? ¿Cuántos? ¡Doce años! Seguro ni novio tienes, es que así cómo. Si sigues así, nadie se fijará nunca en ti… Uy, si yo te contara de mi prima Fidencia, la pobre parecía semental, así de grande se veía… A ver, levanta el brazo izquierdo así… Ay, ¡pero ve estas lonjas! Señito, ¿y si le ponemos faja? ¿No te gustan? Oye, pero es que si te pones así de necia nunca vas a mejorar…».

Y la memoria se le aburrió de tanto acordarse. Sus manos, contraídas, poco a poco fueron liberándose a sí misma, igual que su mandíbula. Ella sabía, siempre lo supo, que Lupe la quería, todo lo que dijo en aquel momento no fue con la intención de lastimarla, lo sabía; sin embargo, estar tan consciente de ese cariño y del cariño de sus padres, no fue suficiente para evitar que el día de su primera comunión, en las primeras horas de la mañana, cuando todos los habitantes de cualquier lugar del mundo con ese huso horario deben dormir, ella iniciara a vaciar su cuerpo, vomitando frustraciones y añoranzas revueltas con galletas, manzanas y calabazas. 

Cuatro horas después, al deslizarse lentamente camino al altar, ella estaba segura de que su silueta lucía más esbelta, sin duda aquello le había ayudado, pues ahora todas las miradas estaban fijas en ella. Si la volteaban a ver y además le sonreían, era porque su volumen había disminuido, era porque tenía menos alimento en su cuerpo. Con ese veredicto en su cabeza, abrió la boca para recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. Amén. 

Aquel día comenzó la gran batalla por su vida: una que vivía y repetía cada amanecer y en cada vano intento por ser remotamente parecida a aquella mujer de portada de revista. 

Y hoy, frente al espejo seguía viendo un cuerpo voluminoso, una cadera demasiado ancha y carnes por todos lados, no lograba ver los huesos sobresalientes y los ojos hundidos, ni todo lo que los trastornos de conducta alimentaria le habían arrebatado a su paso. 

Tú que estás leyendo esto, dime, ¿cómo le hablas a tu cuerpo cuando te miras al espejo? ¿Le agradeces el inmenso y perfecto trabajo que realiza todos los días para mantenerte de pie y en alerta, logrando sueños y cumpliendo horarios? ¿O te dedicas a criticarlo constantemente porque tu cuerpo no se parece a ese cuerpo que es de alguien más que no eres tú? ¿Has visto con detenimiento todo lo que hace tu cuerpo, todos los días de tu vida? Y, de los cuerpos ajenos, ¿cómo te expresas? ¿Te importa la experiencia humana que los habita, o solo las redondeces de las carnes que se exhiben o se esconden?

No te escondas de la cámara, no provoques que alguien más lo haga; no escapes de la oportunidad única de vivir plenamente tu vida y disfrutar tus sueños: eres y somos mucho más que un cuerpo.

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